EL DÍA EN QUE MURIÓ LA MÚSICA


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3 de febrero de 1959. En pleno invierno el tiempo es infernal. Una tremenda tormenta de nieve lo inunda todo. Eso y el cansancio. La gira está siendo agotadora. El nombre lo dice todo “Winter Dance Party”, la fiesta del baile de invierno. Ganas de bailar pocas, la verdad, pero hay que seguir. Otro pueblo, otro público, otro concierto. Salimos de Iowa, quién sabe hacia donde. A estas alturas ya ni me acuerdo de cual es el siguiente destino. Larga vida al rock and roll.

BUDDY HOLLY

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Buddy se dirigía a la avioneta. No sabía si hacía bien, pero no podía remediarlo. El autobús que le llevaba a él y al resto de los músicos de la gira de pueblo en pueblo se había quedado sin calefacción. Tenía frío y Buddy Holly, el gran Buddy Holly, el artista que con tan sólo 22 años era ya uno de los pioneros del rock no podía pasar frío. Así que penso: “qué narices, me merezco un respiro y un traslado más tranquilo”.

Según se encaminaba al aparato le vinieron pensamientos de hace ya algún tiempo. Buddy empezó a recordar como con cinco añitos recién cumplidos ganó un concurso de canto y no mucho después era capaz de tocar el violín, el bajo, el piano o la guitarra. Le vinieron recuerdos de cuando verdaderamente disfrutaba con la música. Como cuando años más tarde tocaría en las fiestas de los institutos con su buen amigo Bob Montgomery aquel “Down The Line”.

Acababa de cruzarse con su bajista, Waylon Jennins y como siempre intercambiaron bromas. Que gran detalle el de Waylon cediéndole su asiento en la avioneta al griposo The Big Bopper. Buddy no pudo evitar soltarle “espero que tu autobús se congele”, pero claro, Waylon no se iba a callar y le contestó “pués yo espero que tu avión se estrelle”. Que poco sabía que esas palabras iban a convertirse en inapropiadas.

Ya cerca de la avioneta, Buddy se ajustó sus enormes gafas y siguió embutido en sus pensamientos. La de tumbos que había dado hasta dar con la tecla. Aquel concierto de Elvis Presley al que asistió le cambió la vida. No podía ni imaginar cuando compró su entrada que terminaría en el camerino del Rey del Rock hablando tranquilamente, entablando una gran amistad y recibiendo la invitación de tocar junto a él en el resto de la gira. Allí la racha empezó a cambiar, aunque tenía que reconocer que el primer single que publicaron, “Blue Days, Black Nights”, no era nada del otro mundo, pero era un principio.

Lo que no podía apartar de su cabeza era el momento que vivía en la actualidad. Sin duda alguna, cuando más había disfrutado era cuando fundó The Crickets. Añoraba los buenos momentos pasados junto a su banda y lo bien que lo pasaron interpretando sus canciones, pero Buddy sabía que su carácter le hacía ser incorformista y cambiar siempre. Recordaba como si fuera ayer el día que grabaron “That’ll Be The Day” y como lo celebraron cuando la canción llegó al número uno. Lo que no sabía era que con el tiempo ese tema se convertiría en un clásico del rock & roll.

Estaba muy orgulloso de esa etapa de su carrera, pero todo tiene su fin. No fue agradable decirle a sus amigos que la andadura de Elvis Costello & The Crickets había acabado. Lo cierto es que de algún modo los había traicionado cuando al mismo tiempo que tenía un contrato con ellos con una discográfica también tenía otro con un sello distinto en solitario, pero sus ganas de componer le podían.

Cuando ya llegaba a la escalerilla de la avioneta, Buddy se sorprendió tarareando una de las canciones con las que más disfrutaba en el escenario con sus Crickets, titulada “Oh Boy”.

La verdad es que si estaba allí ahora mismo, a punto de entrar en una avioneta para dirigirse a un nuevo concierto como llevaban haciendo desde más de dos meses era por esa ruptura. Buddy no acababa de creerse que después de los éxitos que había conseguido con los Crickets y convertirse en una estrella estaba en la ruina más absoluta. Por eso no pudo decir que no a esta infernal gira que le estaba agotando poco a poco. No había otro remedio.

Al subir a la avioneta le dió la bienvenida el que iba a ser su piloto. Lo primero que se le vino a la cabeza es que era muy joven para ser piloto, pero inmediatamente pensó “que demonios, yo sólo tengo 22 años y ya soy una estrella de la música”. Y eso era cierto. Buddy era una gran estrella capaz de hacer lo que él se propusiera. Sin ir más lejos se había convertido en el primer cantante de rock & roll que gustaba al público negro. No hay más que escuchar canciones como “It Doesn’t Matter Anymore”, interpretada con orquesta y que también llegaría al número uno para saber porqué.

Ya sentado en su asiento de la avioneta Buddy se dispuso a echar una cabezada, mientras pensaba que los que iban a hacer el viaje en autobús se iban a morir de frío. Mientras empezaba a adormilarse imaginó como empezaría su siguiente actuación y llegó a la conclusión que lo mejor sería empezar a lo grande con uno de esos temas que ponían boca abajo a su público: “Peggy Sue”.

Buddy, Ritchie y Bopper ya estaban sentados en sus asientos, ajustaron sus cinturones de seguridad y la avioneta despegó en medio de la tormenta de nieve …

THE BIG BOPPER

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The Big Bopper se dirigía a la avioneta (su verdadero nombre era Jiles Richardson pero ya nadie le llamaba así), pensando que él no debía estar allí. Se preguntaba que hacía embarcado en esa gira con dos adolescentes como Buddy y Ritchie. Él a sus 28 años estaba en otro estatus. O al menos eso es lo que él creía. Estaba dispuesto a dejar paso a las nuevas generaciones, pero siempre y cuando se acercaran a canciones como su “The Clock”.

Ciertamente él no debería estar ahí. Su puesto en la avioneta debería ocuparlo el bajista de Buddy, Waylon Jennings, pero con el frío que hacía y la calefacción del autobús estropeada, Bopper había cogido una buena gripe y le preguntó a Waylon si no tendría inconveniente en cederle el asiento en la avioneta, a lo que éste cedió cortesmente. Todo un detalle, así que pensó que en el siguiente concierto le iba a dedicar la canción “Crazy Blues”.

Cuando se cruzó con Waylon camino de su asiento, le tendió la mano. No quiso abrazarle por no contagiarle, pero era lo que realmente le apetecía. Pensó lo diferente que había sido su carrera con respecto de las de sus jóvenes acompañantes. Él consiguió el éxito desde el primer momento y con mucha facilidad, lo tuvo todo de cara.

Recordaba perfectamente lo bien que lo pasaba cuando entró a trabajar de locutor en una radio local. Allí es donde tomo el nombre de The Big Bopper y allí es donde conoció a gente importante del mundo del rock & roll que le animaron a pasar al otro lado y convertirse en cantante. Les hizo caso y con su primera canción “Chantilly Lace” llegaría directamente al número uno. Ahora era él quien sonaba a todas horas en la emisora. Aquel grito inicial de “Hello baaaaaaaaby” se convertiría en uno de los sonidos de la historia del rock.

Estaba deseando que acabara la gira. Llevaban muchos conciertos, demasiados, estaba enfermo y echaba de menos a su mujer. Pero dentro de pocas semanas la gira llegaría a su fin y por fin podría abrazarla en su última fase de embarazo. Llegaría justo al parto. Pensar en su mujer y la niña que estaba por venir le ayudaba a seguir adelante. Cada vez que cantaba en el escenario “Pink Petticoats” no podía evitar acordarse de ella.

Cuando llegó a la avioneta, siguiendo los pasos de Buddy, se fijó en lo joven que era el piloto. Era su sino estar rodeado de adolescentes por todos lados. Pero a ellos se les veía moverse como peces en el agua a pesar de su juventud. Sin embargo, Bopper se sentía abrumado con tanto éxito y añoraba sus días de locutor, sus días felices en la radio. Cuando naciera su hija en un par de meses se replantearía muchas cosas.

Saludó con la cabeza al piloto mientras soltaba el enésimo estornudo y subió a la avioneta pensando que por lo menos ahí iba estar caliente y llevar un viaje más placentero. Nunca le agradecería a Waylon lo suficiente su cesión de asiento.

Buddy, Ritchie y Bopper ya estaban sentados en sus asientos, ajustaron sus cinturones de seguridad y la avioneta despegó en medio de la tormenta de nieve …

RITCHIE VALENS

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Ritchie sabía que era el más joven de todos pero quizás por eso era el que más lo estaba disfrutando. Estaba cerca de cumplir los 18 años y apenas llevaba ocho meses en el mundo de la música, pero para él era un auténtico placer el poder compartir escenario con Buddy y Bopper. Vivía el sueño que siempre había tenido. Vivía en una nube.

Su familia estaba muy orgullosa de él, sobre todo su padre. Aunque los parientes de México no encajaron demasiado bien al principio que renunciara a llamarse Ricardo Valenzuela para pasar a convertirse en Ritchie Valens, pero en cuanto le escucharon cantar por la radio y actuar en televisión se olvidaron del cambio. Tanto en su California natal, como en México no se cansaban de escuchar una y otra vez su “Come On, Let’s Go”.

Según caminaba hacia la avioneta no paraba de pensar en lo afortunado que era. Todo le sonreía. Incluso la suerte. Para ocupara el último asiento libre de los tres de los que constaba la avioneta lo había echado a suertes con el resto de músicos y le había tocado a él. No podía pedir más. La vida le sonreía de oreja a oreja y pensaba que lo mejor estaba por venir.

Y que decir de su vida sentimental. No pasaba un minuto sin acordarse de su novia, Donna. Hacía ya varias semanas que no la veía y la echaba de menos. Estaba tan enamorado de ella que le compuso una canción con su nombre y ella sería la primera en escucharla. Ritchie no sabía todavía como se le había ocurrido llamarla por teléfono desde una cabina para cantarle la canción, para cantarle su canción.

Cuando llegó a la avioneta pudo saludar al piloto y se dio cuenta de que era muy joven. Aún así Ritchie lo era todavía más. Lo que estaba claro es que los dos tenían algo en común. El piloto con solamente 21 años ya era capaz de surcar los vientos cerca del cielo. Ritchie, con solamente 17 tocaba el cielo como una auténtica estrella gracias a su grandísimo éxito: “La Bamba”. Que levante la mano quien no la ha cantado en alguna ocasión.

Por fin subió a la avioneta y tomó asiento. Le vinieron recuerdos de sus principios. De como aprendió a tocar la guitarra con la mano derecha a pesar de ser zurdo, de como en ocasiones se ayudaba de un lápiz para tocarla o de cuando entró a formar parte de su primera banda: The Silhouettes. No hacía tanto tiempo de eso, pero a él le parecía que había sucedido hacía mucho. También recordó en ese momento de ilusión de verse grabando en un estudio su primera canción titulada “Framed”. Tras estos pensamientos levantó la mirada, contempló a Buddy y a Bopper sentados a su lado y espero que la avioneta por fin despegase.

Buddy, Ritchie y Bopper ya estaban sentados en sus asientos, ajustaron sus cinturones de seguridad y la avioneta despegó en medio de la tormenta de nieve …

Apenas 8 minutos después del despegue sobrevendría la tragedia. La tormenta de nieve dejó sin visibilidad al piloto que, con poquísimas horas de vuelo y una inexperiencia total en situaciones como ésta, no fue capaz de interpretrar ni lo que tenía que hacer ni los controles de la avioneta, de tal mondo que acabaron estrellándose.

No hubo supervivientes. Los cuerpos de las tres estrellas de la música salieron despedidos del aparato y el del piloto quedó atrapado entre el amasijo de hierros en que éste se convirtió. Todos murieron en el acto. El destino quiso que tres prometedores cantantes, jovencísimos y con ganas de comerse el mundo tuviera este triste final. De algún modo, el 3 de febrero de 1959 murió la música. Afortunadamente, con su legado, ese mismo día, volvió a la vida.

Hola Graminoleños.

La publicación de hoy es algo especial como habéis visto, pero creo que es un relato de obligada lectura para todos los amantes de la música. Era la primera vez que sucedía una tragedia de este tipo y se llevaba por delante la vida y la carrera de tres prometedores cantantes. Sobre todo en el caso de Buddy Holly, al que algunos empezaban a comparar con el mismísimo Elvis Presley.

Un cúmulo de casualidades, avería en el autobús, piloto inexperto, mal tiempo, cesión de asiento, sorteo de plaza en la avioneta bastante macabro … llevarían a Buddy, Bopper y Ritchie a acabar de repente, sin verlo venir, con sus magníficas y prometedores carreras.

Como suele suceder en estos casos, los tributos musicales a estos tres artistas y al suceso que he narrado en el día de hoy son abundantes. Os voy a dejar algunas muestras.

Todos recordaréis la cancio de Don McLean, el auténtico clásico que es “American Pie”. Lo que seguramento pocos conoceréis es que esa canción está dedicada precisamente a este accidente. Si os fijáis bien en la letra veréis como narra la historia y como menciona en repetidas ocasiones lo de “el día que la música murió”.

Pero hay otro tributo a estos tres genios de la música de otro intérprete que, desgraciadamente, también acabaría de manera trágica. Eddie Cochran, contemporáneo de los tres, inmediatamente compuso una canción titulada “Three Stars” dedicada a ellos. Cada una de sus estrofas va referida a cada uno de los desaparecidos. Eddie Cochran fallecería pocos años después en un accidente de tráfico. Ese macabro destino otra vez.

Y por último quiero destacar también una película. Las historias de los tres artistas son conmovedoras, pero posiblemente la de Ritchie Valens sea la más trágica. Era el más joven, el que más sueños tenía y solamente llevaba saboreando ese sueño que se había hecho realidad durante ocho meses. En el año 1987 se estrenó la película “La Bamba”, que narra su conmovedora historia. Lou Diamond Pillips es el actor que interpreta el papel de Ritchie y, curiosamente, las canciones de la banda sonora del film no están interpretadas ni por Diamond Phillips ni por Valens, sino por la banda californiana Los Lobos.

Y hasta aquí el relato de “El Día En Que Murió la Música”. La historia sucedió tal como la he contado. Los comentarios, pensamientos y situaciones de los protagonistas son de mi cosecha, como pudieron suceder. Quien sabe.

Y ahora toca hablar de Silvia y Ana, nuestras dos querídisimas artistas de “Esencia de Trementina” que hoy están de celebración, ya que uno de sus dibujos ha sido premiado en el concurso de pintura rápida del restaurante Sweet Suomi sobre Finlandia. Es lo que tiene el talento, de innmediato llega el reconocimiento.

Desde aquí quiero darles mi más cordial enhorabuena y empujarlas a que sigan por este camino. Tenéis la suerte de ser recompensadas por hacer algo que os gusta y os llena, y eso no tiene precio. Un fortísimo abrazo y muchos besos para las dos.

Aquí os dejo el dibujo premiado.

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https://www.facebook.com/esenciadetrementina/

https://esenciadetrementina.wordpress.com/

Estos últimos días hemos tenido días grises que son perfectos para quedarse en casa calentito y aprovechar para leer un libro, ver una película o hacer un maratón de series si no se tiene que salir a ningún lado. Eso o deleitarse con una nueva técnica de “Esencia de Trementina”: un bodegón realizado a carboncillo.

El carboncillo es una barra de carbón vegetal y seca ideal para dar a los dibujos profundidad y marcar las sombras de figuras y objetos. Como el trazo que se realiza queda a veces muy marcado, se suele difuminar con los dedos, un trapo o con un difumino las zonas donde se quiere dar más luz o más volumen lo que hace que los objetos no queden planos.
La única pega de esta técnica es que mancha bastante y es mejor no tocarse la cara o rozar la ropa cuando se pinta con ella aunque no hay nada que no se pueda quitar con agua y un poco de música.

Hasta pronto Graminoleños

JUAN JOSÉ GOMARIZ

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4 pensamientos en “EL DÍA EN QUE MURIÓ LA MÚSICA

  1. Esencia de Trementina

    Muchisimas gracias por tus palabras, gracias a personas como tu y a blogs como este en el que se comparten nuestras obras podemos tener la suerte de seguir creciendo como artistas y aprender de proyectos musicales como este que no dejan de ser también una fuente increíble de arte y cultura.

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    1. graminola Autor de la entrada

      Gracias Jesús. La verdad es que fueron un cúmulo de casualidades desastrosas las que acabaron con la vida de tres artistas que habrían sido mucho más grandes de lo que fueron.
      Un abrazo.

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